Llegó el momento, escondido entre opiniones musicales os ofrezco mi primer relato después de muchos años sin escribir por motivos personales y laborales. No es gran cosa pero lo valoro porque he sido capaz de empezarlo y terminarlo y eso ya es mucho. Respecto al resultado ... no estoy convencida, lo abandoné por las vacaciones y al volver se me transformó completamente, son cosas que pasan, no es el final que planeé, pero fue de esta manera. A ver qué os parece.
Licántropo (4 de junio a 12 de julio de 2009)
Diari de Tarragona - Viernes, 5 de Junio de 2009
Cadáver en el Miracle
A las 10 de la mañana del jueves los Mossos de Esquadra acordonaron la zona tras ser
avisados por unos turistas franceses que encontraron los restos humanos del que parece
ser un cuerpo humano femenino adulto desgarrado y semienterrado entre las rocas cerca
del Fortí de la Reina.
Guillem se desperezó con un golpe de aire en la húmeda madrugada mediterránea. Intentó abrir los ojos pero el sol, apuntándole directamente desde la línea del mar, le hizo desistir, dormiría un rato más, se sentía extrañamente pleno.
Al cabo de un rato sintió otro tipo de humedad en el brazo, acompañada por un cosquilleo. Abrió
los párpados despacio y vio un gato negro de grandes ojos verdes y brillante pelaje de pie a su lado, había estado lamiéndole, y es que tenía ambas extremidades cubiertas de “¡Sangre!”.
El felino se apartó, lo observó un rato y huyó hacia las rocas del paseo de debajo del Fortí de la
Reina, allí empezaba a tener lugar una reunión de sus compadres gatos.
Guillem se extrañó de estar durmiendo en la playa, no obstante no podía atravesar la ciudad
cubierto de una sangre que aparentemente no era suya aunque el manto que cubre al soñoliento por la mañana le impedía acceder a los recuerdos de la noche pasada.
Era pronto, los primeros turistas tardarían unas horas en llegar, decidió desnudarse y nadar en el
Mediterráneo para lavarse y aclarar las ideas.
A cada brazada se sentía más consciente y satisfecho de sí mismo. Disfrutaba del mar y de su
cuerpo en armonía con el medio hasta que un destello de memoria le aguijoneó la mente.
Vió a Montse muerta entre sus brazos, le invadieron las lágrimas, la amaba, pero no podía confiar
en ella, no le respetaba, tuvo que matarla.
Lloraba más por sí mismo que por su amada o el temor a ser encarcelado.
Al salir del agua observó los tejanos y la camiseta, al ser oscuros pasarían desapercibidos, pero
estaban perlados por la sangre. De la camiseta negra emanaba el olor dulzón de la sangre mezclado con el perfume que él tanto odiaba, “Edén”, ensemanas, quizá en San Juan, habría empezado a usar el que él le regaló, “Amour, Amour”, más afrutado, ahora entendía que ella tenía razón, era más apropiado para el buen tiempo, nada tenía que ver que su pareja anterior le hubiera regalado el actual, pero el monstruo de los celos actúa en las sombras de la mente y es implacable.
No obstante, ese no fue el motivo para estrangularla con sus propias manos, si bien a través de su fular de seda. Ni la razón por la que disfrutó viendo como sus ojos suplicaban clemencia y una
explicación. Esos últimos sonidos guturales le dieron un asco sin par, no eran propios de una chica
tan distinguida “¿Osas despedirte así?”. Tras el último suspiro se enrabietó y empezó a lanzar
repetidamente su cuerpo inerte contra los salientes de la pared de roca.
Al sentir una gota de sudor por la frente se dio cuenta de lo fútil de sus actos, lo alcanzó el sopor, se alejó unos 200m del cadáver, se sentó en la playa a contemplar el choque suicida de las olas contra las rocas siguiendo las órdenes de la luna, él ya le había rendido un tributo, el más bello que tenía. Desde ese momento no recordaba más, debió dormirse.
No esperó a secarse, se vistió y se marchó a casa sin más. Montse ya no existía como tal y no le
preocupaba, difícilmente encontrarían huellas que condujeran hacia él, era un amante más. Montse era una mujer de éxito, caprichosa, coqueta, cambiaba de acompañante como de bolso dependiendo de la ocasión, él tenía algún fin de semana alterno y con suerte algún festivo.
De todos modos se repetía a sí mismo que nada le importaba si lo apresaban. “Vacaciones pagadas” lo llamaba, había hecho el daño suficiente como para empezar a pagar. Y sus incipientes entradas anunciaban el fin de una exitosa carrera de acompañante de féminas adineradas, su único talento.
Montse no era una clienta, era una profesional independiente que triunfaba en su trabajo y veía en los hombres una distracción anti-estrés para volver al trabajo con más energía.
Ésa era otra de las facetas que odiaba de ella, era incapaz de tomárselo en serio, y él no soportaba
ser un entretenimiento temporal.
Se propuso 'redimirla', enamorarla, ser el único, pero sólo consiguió que ella se riera y caer él
atravesado por las flechas de Cupido.
Le habían dicho que el amor dolía, se quedaron cortos. “Amor es compartir” y todos esos tópicos
debían funcionar, pero su caso era un dar sin recibir que lo exasperaba hasta que explotó, y por una parte ahora estaba más tranquilo, podría amar su memoria sin recibir desdeños, sin esperar nada a cambio.
“¡Ja, ja , ja , ja , jaaaa!” Menudas risas de loco. “Pero si soy yo, jajajaja”. Las carcajadas pasaron de
inconscientes a conscientes y aumentaron.
Siete de la mañana, Rambla Nova, nadie más a la vista. Acababa de recordar cómo se le mofó al
contarle en confianza el pasado de su familia paterna, no le creyó “¿Ahora qué, bonita? ¿Te gustó
esa última luna llena? Moriste bañada por su luz con el arrullo de las olas. Jajaja”.
Definitivamente el ADN del padre junto a la esquizofrenia de la madre habían hecho de él un ser
cambiante y peligroso.
En sus momentos de paz interior reflexiona sobre su vida (no sus actos, en los que no ve maldad,
además “lo hecho hecho está”). No está bien, no tiene futuro, no respeta al prójimo y poco le
importa, no hay personas que valgan la pena, seres sinceros que valoren el diálogo, poseedores de vocabulario, sólo gente, seres banales, vulgares, insulsos y lo más escandaloso de todo ¡felices! En su estupidez.
Montse excelía sobre la media, compartía con él atardeceres en El Parc del Laberint de Barcelona. Le cedió un trocito de ese pequeño paraíso en la tierra de su ciudad natal.
En sus seis meses de relación habían compartido rincones favoritos de sus respectivas ciudades,
poco podía sospechar la bella ejecutiva que su vida terminaría en una playa de la Tarraco Imperial. “Se lo merecía”desde el momento en que él se declaró frente a la escultura de Danae en el Parc Laberint y ella simplemente sonrió coqueta y apartó la mirada. Con lo que le costó permitirse enamorarse y encontrar el momento y las palabras justas para expresarlo...
Hubo cierto enfriamiento durante unas semanas hasta que ella tuvo vacaciones y un súbito arranque romántico aprovechó otro atardecer el su jardín favorito para, entre el lago y la escultura de la ninfa, declararse a él, terminaron sus devaneos con otros amigos y colegas. Entonces Guillem decidió que era el momento de invitarla a recorrer las ramas de su árbol genealógico. Trató de llevarla a su terreno mediante el lenguaje cinematográfico.
– ¿Cuál es tu película favorita de Hugh Jackman?
– Jajaja ¿y eso? ¿aun no estás harto de verla? “Van Helsing”.
– ¿Y la de Oliver Reed?
– “La maldición del hombre lobo”
– Jack Nicholson, James Spader y la Pfeiffer coincidieron en …
– Jajaja “Lobo” ¿cuando las reponda todas tengo premio?
– Si hay luna llena …
Las risas subsiguientes la pusieron donde él la quería, relajada.
– ¿Y si te dijera que mi tataratataraabuelo fue uno de elllos?
– ¿Actor? Si tenía tu planta no me extrañaría, vida.
– Noooo, hombre-lobo.
– Jajaja sí, en una vida anterior fui Cleopatra jajaja
– Montse, por favor, mírame, no estoy riendo.
– No, porqué llevas lo de actuar en la sangre jajaja
Y así quedó todo. Con ella era imposible salirse un ápice de la racionalidad, no tenía imaginación ni para planear un fin de semana distinto.
Era inútil hablarle de proyectos futuros, plantearle sus ansias por un cambio de rumbo, lo vacuo de su existencia. La de ella, la 'siempre estresada', estaba llena y no iba a empañar sus horas de ocio con penas ajenas.
* * * * * * *
Guillem llegó a casa, se duchó, lavó las ropasensangrentadas y se acostó un rato más.
Sus sueños fueron invadidos por sátiros, éstos perseguían a una chica alegre por el amfiteatro de su ciudad, todos reían, hasta que la alcanzan, entonces le ve la cara, es Montse, cuyos ojos se abren con expresión horrorizada al ver las intenciones de aquellos seres, empieza una orgía macabra de la que ella es el plato principal.
La pesadilla lo despierta, se ducha de nuevo y piensa en la única que puede ayudarle, la amiga que le comprende, el alma gemela, Mercè, bella, cercana, inteligente, comprensiva ¿su fallo? Un
ancestro licántropo, si iban más allá dela amistad el fruto podría ser un paso atrás en una escala
evolutiva cuyo curso estaban cambiando.
Mercè abrió la puerta antes de que él llamara, existía tal empatía con Guillem que a veces se
presentían.
Se miraron y se fundieron en un abrazo, algo iba mal, su amigo en su puerta tras el plenilunio, no
era una visita de cortesía.
* * * * *
Guillem y Mercè descubrieron su condición juntos. Sus respectivos padres, convencidos de que su herencia maldita terminaba en ellos, quiénes apenas tenían algo más de energía y nerviosismo en luna llena pero ya sin accesos violentos, no les habían explicado nada.
Las dos familias eran amigas, vivían cerca, crecieron juntos. Al llegar la adolescencia su amistad iba dando un giro a algo más y sus familias intentaron cortarlo por lo sano sin dar explicaciones, fueron a institutos distintos.
Por supuesto, la amistad se reforzó ante la prohibición paterna, aunque entre compañeros de clase, trabajos escolares, exámenes y novietes no se veían demasiado y lo que temían sus padres no se produjo.
Pero hay un vínculo especial ente ellos y jamás perderán el contacto. Un verano, antes de que
Mercè se fuera a la universidad, pasaron un día juntos.
Era un 19 de agosto, Sant Magí, patrón pequeño de la ciudad, por Santa Tecla, la fiesta mayor, ella estaría en Barcelona, curiosamente celebraría su santo a lo grande, La Mercè en Barcelona, le hacía ilusión.
Estaban hastiados de calor, “castellers” y turbas de gente moviéndose sudorosa al unísono por la
ciudad. Cogieron las mochilas y emprendieron la Vía Augusta paseando, la charla les llevó a Cala
Romana, una pequeña playa dibujada entre las rocas que los domingos está imposible pero ese día, festivo sólo en la capital, estaba apacible.
Siguieron la conversación en el agua, sin darse cuenta fue vaciándose la playa, eran las ocho, agua
templada, sol bajo, ideal para confidencias.
Ante el inminente alejamiento (aunque eran 80km y una hora de coche los adolescentes todos lo
magnifican) surgieron en tropel los sentimientos guardados celosamente durante años por no
estropear la amistad o molestar a los padres.
El anochecer sorprendió a los jóvenes nadando, chapoteando, de tirarse agua pasaron a las
ahogadillas y con el contacto físico sucedió lo que todos menos ellos intuíamos.
Mercè se subió a la grupa de Guillem, este se libró levantándola y hundiéndose hacia atrás
rápidamente, ahora tenía enfrente la espalda de ella, apartó la melena hacia la derecha y besó el
hombro desnudo muy cerca a la beta que ataba el bikini al largo cuello.
Paró un instante, su amiga tenía mucho carácter, la respuesta sería … ¿golpe o caricia?
El estremecimiento de ella lo animó a ascender por su cuello, lóbulos auriculares, pómulos,
párpados … se apartó unos centímetros levantando la vista casi a cámara lenta, frente a frente
descubrió en Mercè un brillo en la mirada y una belleza que mezclaba lo salvaje y lo angelical en la que jamás había reparado. El moreno cuerpo de mujer ceñido por el escueto bikini blanco
adolescente resultaba demasiado tentador.
El ocaso dibujaba una bella estampa, la ciudad encendiendo sus luces, la playa vacía, el mar
revuelto, entre éste y el áureo horizonte dos cuerpos jóvenes entrelazados.
Una Venus bronceada cuya piel brilla bajo los últimos rayos del sol que imponene en su bikini
blanco un tono anaranjado, las olas chocan contra su firme vientre y la espuma generada baila en
derredor a ella y el Adonis que lo acompaña, de amplia espalda y cuyo bañador turquesa se
confunde con el agua.
De pronto un grito rompe la imagen de puzzle. Tras un largo beso Mercè ha sido arañada
profundamente en la espalda.
Mientras sus labios se exploraban, las salivas se entremezclaban y las lenguas luchaban sus cuerpos alcanzaron una fuerza insospechada y las sensuales caricias se tornaron hirientes. Se separaron y volvieron a casa en silencio, no volverían a verse en unos meses.
Desde entonces eran,además de amigos, cómplices, confidentes en los delitos a los que se veían
impelidos en algún arranque de genio. Sus visitas nunca eran casuales.
* * * * * *
Guillem se echó a llorar aun en brazos de Mercè, ocultaba su vergüenza y culpabilidad en el sedoso cabello de su alma gemela.
Tras unos minutos paró, se dirigieron al sofá y le relató lo que sabemos, la noche en el Miracle con Montse. No era tanta la pena por perderla como la desesperación por haber caído impotente de nuevo bajo el influjo de la iracunda dama de la noche y sus propios bajos instintos.
Era tanta la confianza entre ellosque la charla se desarrollaba con Guillem recostado, sus sienes y
cabellos masajeados por ella que sostenía su cabeza en el regazo con la naturalidad de una madre, o una pareja.
Como siempre que se encontraban, tras el relato del “incidente” y el monólogo sobre la culpabilidad y la impotencia llegaba un silencio incómodo con cruce de miradas cómplices edulcoradas en exceso que eludían charlando sobre las novedades en la investigación sobre su linaje que venía realizando ella. Huelga explicar cuánto temían qué pasaría en ese “momento” cuando esas pesquisas sobre su estirpe llegaran su fin.
Mercè León descubrió que en origen su familia se apellidaba Licaón, como el primer licántropo
griego reconocido y Guillem Romasanta había mantenido su apellido, el del primer hombre lobo
español de los libros de historia.
Los Licaón y los Romasanta eran dos estirpes licántropas antagónicas, si bien sus relaciones
seguían las normas de la guerra y se repetaban, si mediaba un conflicto podían comerse al enemigo, literalmente si era necesario. Mientras no hubiera pasión en el plenilunio entre ellos todo iría bien, amor y odio les estaban vetados entre sí a nuestros protagonistas.
Volviendo hacia casa Guillem vio demasiado movimiento en su calle, estando a tres travesías de la misma divisó un coche de los Mossos d'Esquadra, junto a él la furgoneta de Atestados. Seguramente habían encontrado a Montse en el Miracle y alguien le habría relacionado con ella.
Tanto si era para preguntar como para detenrle no pensaba ir a averiguarlo, quizá ni tan sólo era por él, pero no se arriesgaría.
Volvió sobre sus pasos. Llevaba consigo las llaves del barco de recreo que sus padres tenían anclado en Cambrils, iría a por Mercè y se marcharían juntos. Pasara lo que pasara sólo era cuestión de tiempo que se produjese y ya llevaban demasiados años aplazándolo. El destino le hacía tomar la mejor de las decisiones: VIVIR, deh¡jar de ocultarse, AMAR al alma torturada de su corazón, lamerse las heridas de la incomprensión. Si duraba un año, un mes o un día no importaba.
“Only the good die young” resonaba en su cabeza, iba canturreando por las calles, nunca un
sentenciado a muerte había presentado mejor aspecto. Al llamar al timbre de su amiga los nervios le atenazaron el estómago “¿y si no quiere? ¿será ella más prudente?”fue tan sólo un instante y se armó de valor de nuevo.
Le contó sus planes y la tez de ella tornó blanca, su semblante muy serio, en silencio se dirigió a su habitación. Guillem estuvo cinco eternos minutos a solas de pie en el comedor hasta que volvió
Mercè con una mochila llena y su franca y tranquila sonrisa en los labios. Cogió las llaves del coche y desde el recibidor le dijo:
- Vamos.
No intercambiaron ni una palabra mientras subían al coche, iban a Cambrils y embarcaban. Entre ellos tan sólo miradas cómplices de ojos brillantes por la expectación.
Una vez marcado el rumbo ambos estaban junto al timón. Mercè había ido a deshacer la mochila y ya estaba tras Guillem observando cómo funcionaban los mandos de la nave, se abrazó a él. Los
latidos de ambos corazones sonaban unidos sobre el oleaje. Comprendían que la culminación de su amor terminaría en tragedia pero ¿de qué sirve una existencia yerma? ¿cómo seguir con vida sin vivirla?
Estaban de nuevo frente a frente, solos, ellos y el Mediterráneo, fueron los amantes más dulces y
felices durante unos días hasta que llegó un atardecer en que la luna llena apareció en lo alto del
cielo mientras el sol aun ni pensaba en ocultarse. Tan sólo era necesario no tener contacto esas
noches para seguir con vida, pero … ¿qué vida? y qué difícil es tener al ser amado al lado y no
acariciarlo ¿cómo pararse en una caricia y no probar los labios? ¿por qué saborear tan sólo la saliva y no perderse por la sal de todo el cuerpo?
Ellos no estaban para preguntas, hicieron el amor con pasión, a medianoche con furia, y ocurrió lo
habitual, Guillem, queriendo hacerla suya por completo, la apretó tanto que la dejó sin respiración. Mercè murió feliz en sus brazos, el último gesto señalar la zona donde su padre tenía los explosivos, las últimas palabras “Te amo”.
Siguiendo la recomendación de su amada nuestro protagonista activó un explosivo cerca del motor llevándola a ella a cuestas. El fuego los encontró abrazados, un digno entierro vikingo para dos estirpes licántropas.
Cada vez que nos sumerjamos en el Meditarráneo quizá notemos el abrazo liberador de los amantes.
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